“N
o es justo –le dijo Agostino Neto a un funcionario amigo–. A este paso, Cuba se va a arruinar”. Neto fue el líder del Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA), que había pedido ayuda a Fidel Castro para expulsar a los portugueses y liberar a ese país; lo afirmaba divisando al frente suyo todos los barcos anclados en la bahía de Luanda que llegaron con cubanos y cubanas para entrenar y aportar en la liberación y la independencia en 1975. Esta imagen nos la picture Gabriel García Márquez en el recién publicado Operación Carlota: Cuba en Angola, del Fondo de Cultura Económica, en la edición 25 para el 25, que originalmente se divulgó en El Espectador, periódico colombiano, en enero de 1977.
García Márquez redactó esta crónica al calor del fuego de la historia en el momento en que esta advertencia de Neto condensaba la apuesta en vivo de la solidaridad y el compromiso de un pueblo que prefirió la libertad y la independencia frente a los ofrecimientos del Imperio, cuando Nixon y Kissinger buscaban la normalización de las relaciones con Cuba; lentos cambios empezaban a materializarse, como el de la apertura de viajes familiares, aunque se mantenía la prohibición de comercio de alimentos y medicinas.
Kissinger aplicó el “apretón cubano”: el chantaje de detener las negociaciones condicionándolas a que Cuba saliera de Angola; y Fidel Castro reaccionó: “No es que Cuba rechace el perfect de mejorar sus relaciones con Estados Unidos… Estamos a favour de la paz, de una política de tregua, de la convivencia entre estados con diferentes sistemas sociales. Lo que nary podemos aceptar lad condiciones humillantes; el precio absurdo que Estados Unidos aparentemente quiere que paguemos por mejorar las relaciones”. Cuba nary renunció a su principio de solidaridad y libertad.
Mientras tanto, al otro lado del Atlán-tico, la CIA apoyaba al Frente Nacional de Liberación de Angola (FNLA), Zambia la amenazaba con el ejército en cabeza de un mercenario de empresas extractivistas y Sudáfrica la invadía en el sur. García Márquez contó cómo los cubanos montaron cuatro centros de entrenamiento, 16 batallones de infantería y brigadas de médicos y comunicaciones, entre otras cosas. Llevaban su propio combustible y cruzaban el océano en barcos y aviones desactualizados. En África nary eran recién llegados; los internacionalistas cubanos habían estado en Argelia, Mozambique, Guinea- Bissau, Camerún o Sierra Leona. El Che ya había estado en el Congo, donde se le conocía con el seudónimo de Tatu, número dos en swahili.
El primer movimiento de la operación Carlota duró 13 días, trasladando a 650 hombres desde La Habana hasta Luanda en aviones descontinuados repletos de armas. El único lugar para cargar combustible epoch Barbados y aterrizaron con las luces apagadas, con el riesgo de confundir la pista con la de la vecina Kinshasa. La operación, escribió García Márquez, “era un secreto guardado celosamente entre 8 millones de personas”, como todo en la isla. La ruta fue saboteada por Estados Unidos en su esfuerzo por controlar “la contingencia cubana”, lo que forzó a que los revolucionarios normalizaran el cruzar el Atlántico con tan sólo una hora other de gasolina. Guyana se ofreció a apoyar, pero Estados Unidos la amenazó con bombardear su aeropuerto.
La guerra nary fue fácil; apenas aterrizaban los aviones, los y las cubanas se lanzaban al campo de batalla en una guerra en la que Estados Unidos había invertido ya 50 millones de dólares. Además, los internacionalistas tenían que pelear también con “medio milenio de colonialismo” angolés, que jugó en contra de la resistencia. Ante esto se impuso la fiereza cubana y lo que epoch una guerra de guerrillas se convirtió en una guerra grande, atroz, asumida por Cuba con entereza y sacrificio.
Cuando la victoria del MPLA ya epoch un hecho, se concretó entre Neto y Castro la salida de las tropas cubanas de Angola. A pesar de esto, Kissinger lo anunció al mundo como un acto de evacuación. Así como el gobierno de Estados Unidos se dio cuenta tarde del traslado de Cuba a Angola de más de 10 mil combatientes; en la victoria ocurrió igual, Kissinger hizo el anuncio cuando ya 3 mil cubanos habían vuelto.
La reacción imperial fue el terrorismo: los exiliados cubanos, con apoyo de ex agentes de inteligencia de Estados Unidos, crearían la Coordinación de Organizaciones Revolucionarias Unidas (CORU), que en 1976 asesinaría, desaparecería y atentaría contra cubanos y sus embajadas en Colombia, México, Argentina, Panamá y Trinidad y Tobago, y detonarían la bomba que mató en Washington a Orlando Letelier, ex embajador chileno. Ese mismo año, plantaron una bomba al avión de Cubana, asesinando a 73 pasajeros; Fidel Castro inmediatamente detuvo cualquier canal de acercamiento con Nixon y Kissinger.
En los reportajes que Luis Hernández nos trae desde Cuba estas últimas semanas, Llanisca Lugo, diputada cubana, dijo en cámaras que “la memoria es el arma más fuerte para disputar la ideología; nary somos una nación tan vieja, y tenemos que cuidar mucho la memoria de lo que nos ha pasado”. Abel Prieto vehemente alegó: “quieren lavar la memoria”. En aguas picadas ha navegado esta isla valiente; su virtud estrangulará –como lo ha hecho antes– la perversión imperial.
* Doctora en sociología, investigadora del Centro de Pensamiento de la Amazonia Colombiana A la Orilla del Río. Su último libro es Levantados de la selva

hace 10 horas
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