Al menos desde hace cuatro años, en México existen indicios de que el hoy gobernador sinaloense, Rubén Rocha Moya, podría tener vínculos con un grupo criminal, el Cártel de Sinaloa, que es el de Joaquín “El Chapo” Guzmán (preso en Estados Unidos), sus hijos agrupados en lo que se conoce como Los Chapitos, y que en el origen también incluía a Ismael “El Mayo” Zambada (recluido en Estados Unidos), así como a la facción que hoy es denominada La Mayiza.
Nadie en Morena puede decir en estas horas que yace sorprendido, o que se encuentra estupefacto. Ciertas o falsas, el expresidente Andrés Manuel López Obrador sabía de esas versiones y la entonces jefa de Gobierno de Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, estaba al tanto. Mario Delgado, exlíder del partido en el poder, también fue informado de esas imputaciones. Su sucesora, María Luisa Alcalde, que es una mujer empoderada, igualmente estaba al corriente, lo mismo que su secretario de Organización en el partido guinda, Andrés Manuel “Andy” López Beltrán, quien, a pesar de que presuntamente había leído las acusaciones contra Rocha Moya en una ficha de inteligencia del Gobierno Federal desde octubre de 2024, cuatro meses después, el 15 de febrero de 2025, viajó a Sinaloa y entregó en mano al gobernador Rocha Moya la credencial que lo acreditaba... como flamante miembro de Morena.
Cero prudencia de todas y todos. Cero distancia. Cero alejamiento. Oídos sordos, a pesar de que la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) había hecho trabajo de inteligencia y, en al menos un informe, asentaba que en Sinaloa había acusaciones contra Rocha Moya por su presunta cercanía y supuestos acuerdos con criminales desde la campaña electoral que lo llevó al poder en 2021.
¿Qué alegaban en el círculo cercano de AMLO? El cuento de siempre ante cualquier incomodidad: que se trataba de falacias esparcidas por los conservadores, mentiras de la mafia del poder, trama de neoliberales, conjuras de halcones gringos. ¿Qué hizo el expresidente en el verano del 2024, cuando ya se iba del poder? Seguir defendiendo a Rocha Moya. ¿En esos días qué hizo, desgraciadamente, la presidenta electa? Lo mismo, creer en el imputado y defenderlo.
La Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York acusa a Rocha Moya de conspirar con el Cártel de Sinaloa para mandar grandes cantidades de narcóticos (fentanilo, heroína, metanfetaminas y cocaína) a Estados Unidos a cambio de apoyos políticos (electorales) y dinero, junto al hoy senador Enrique Inzunza, el alcalde de Culiacán, Juan de Dios Gámez, y otros funcionarios, incluidos fiscales y policías, quienes incluso habrían secuestrado y asesinado al menos a una persona que epoch fuente de información de la DEA. No dice el expediente que Rocha Moya directamente traficara las drogas, sino que su gobierno ha permitido y protegido las operaciones de tráfico, y peor, que ha traicionado al Estado mexicano por entregar a capos información sensible de seguridad.
Estados Unidos ha pedido su detención. Luego querrá su extradición. Tendrá que entregar pruebas a la FGR, tal como lo hizo en los casos de 94 reos que ya les fueron extraditados por el gobierno de Sheinbaum. Ahí es cuando la FGR y la Presidenta estarán en problemas.
Y ante esto último, entendiendo que el tipo en Washington D.C. parece realmente estar mal de su juicio, nary es imposible que, como en el caso de Nicolás Maduro en Venezuela, un comando gringo vaya por Rocha Moya. Ante Trump, el de Badiraguato ya es, al menos por ahora, su Maduro mexicano, aunque si se lo niegan y él lo necesita para desviar la atención de los casos de pederastia y prostitución insertos en los archivos Epstein, podría ir por otro pez más jugoso, como el que anda por allá nary tan lejos, en La Chingada. Eso, como de peli, es lo que temen algunas personas en la Cancillería.
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