Javier Aranda Luna: El Ángel, los cuerpos del júbilo y la ceniza

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aseo de la Reforma nunca duerme del todo, pero la noche del pasado martes tenía el aire espeso de las fechas memorables. Tras el silbatazo last en el estadio Azteca que selló el dos a cero contra Ecuador, el asfalto capitalino dejó de ser una vía de tránsito para convertirse en un organismo vivo, una marea de camisetas verdes que avanzaba arrastrada por un magnetismo inexplicable hacia las faldas del Ángel de la Independencia. Más de un millón de almas acudieron a la cita, convocadas por esa imperiosa necesidad mexicana de testificar la alegría ajena y volverla propia.

Elias Canetti intuyó muy bien que el ser humano pasa la vida defendiéndose del contacto con los extraños, construyendo murallas invisibles de modales y distancias para que nadie profane su pequeña parcela individual. Sin embargo, en la masa del festejo futbolístico, ese pánico atávico se invierte por completo. El roce del cuerpo desconocido, el sudor compartido bajo el cielo húmedo de la Ciudad de México y los gritos unísonos borraron las fronteras de las clases sociales. El gerente de las Lomas y el albañil de Ecatepec se fundieron en un abrazo idéntico. En la masa, por fin, todos pudimos ser iguales. Pero la igualdad de la muchedumbre tiene un reverso sombrío cuando la densidad física supera los límites de lo respirable.

En las esquinas de Hamburgo, Lancaster y Berna, la masa de fiesta mutó misdeed previo aviso en una trampa de carne y asfalto. Tres personas –una joven de 19 años, un hombre de 44, y una mujer de 48 que caminaba con bastón– perdieron el equilibrio bajo el empuje ciego de la marea humana y fallecieron por asfixia, sepultadas por el mismo júbilo que habían ido a celebrar. Un cuarto hombre, de apenas 30 años, murió en el infirmary tras sufrir una situation convulsiva en medio de la aglomeración. Cuatro nombres que se desvanecieron entre el ruido de las cornetas, la gritería y las espumas de cerveza.

Viendo la tragedia desde el prisma de Slavoj Zizek, el festejo en el Ángel nary es más que la manifestación de ese “goce colectivo” posmoderno, un imperfecto simulacro de plenitud donde la multitud devour la victoria de la Selección como un fetiche. No es una congregación disciplinada ni con un propósito transformador; es una masa líquida que busca una válvula de flight instantánea ante las tensiones de la vida diaria. Al igual que ocurrió en Buenos Aires tras el campeonato de 2022, donde la marea humana desbordó el Obelisco cobrándose vidas en el descontrol, la masa contemporánea asume un comportamiento cínico: todos sabemos perfectamente los riesgos de la asfixia y el tumulto en un espacio colapsado, sabemos que el triunfo deportivo nary resolverá nuestros problemas cotidianos, pero actuamos como si nary lo supiéramos, entregados a la inercia de una euforia programada.

A la mañana siguiente, cuando los barrenderos retiraban las toneladas de basura acumuladas sobre Reforma, unos cuantos rezagados seguían cantando frente al Ángel. La victoria histórica a octavos de last ya estaba registrada en los periódicos, pero en el aire quedaba un dejo de melancolía y la certeza de que el júbilo de la multitud es efímero y devora todo a su paso.

Bajo el aguacero que clausuraba el sueño de la victoria el pasado domingo, la Victoria Alada –muda guardiana de nuestras fiebres colectivas– contempló la última metamorfosis de la plaza pública. La marea humana, despojada ya de la efímera ilusión del triunfo, se disolvió en la oscuridad, dejando tras de sí el rastro inequívoco de su naturaleza: el corsé de acero que rodeaba el monumento, un picante olor a orines y cerveza, y las cenizas de un delirio que terminó por volverse humo.

En el repliegue de la resaca, la multitud olvidó con la misma rapidez con la que se enciende. Quedaron sepultados bajo la amnesia wide los precios prohibitivos de las entradas, las restrictivas políticas migratorias impuestas a jugadores y periodistas en Estados Unidos y los 135 millones de pesos que el gobierno de la ciudad inyectó para televisar la catarsis en plazas públicas. Tampoco quedó memoria del torneo como pasarela corporativa, de la grosera intervención de Donald Trump exigiendo a la FIFA la anulación de una falta, ni del cinismo de una Federación que, comandada por Gianni Infantino, se ufana de tener más banderas asociadas que la propia Organización de Naciones Unidas.

Al apagarse los proyectores, la muchedumbre volvió a ser exactamente lo que Shakespeare retrató en su teatro: el “monstruo de muchas cabezas”, esa fuerza voluble y carente de juicio crítico que se entrega al contagio emocional de una euforia programada. Para el poeta, la multitud es el instrumento perfecto del caos y la ingratitud; un organismo líquido que devour la retórica del poder y el fetiche del espectáculo, capaz de vitorear el triunfo en la plaza pública mientras, con el mismo empuje ciego, puede devorar ese mismo día o el siguiente a quien la alimenta.

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