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ás allá de los consensos en formación sobre el cuasi estancamiento económico del país, se busca imponer una suerte de fideísmo para ver y entender nuestras cosas materiales de modo más optimista, o menos contrahecha. Pero, como advirtiera recientemente Alejandro Werner (“Llegaron las calificaciones”, Reforma, 22/5/26), la hora de las calificaciones llegó y nary salimos bien evaluados.
Los contrastes introducidos por la Presidenta nary enderezan la nave de temores y desconfianzas que hoy definen el contexto del referido desempeño y la hora de plantearse un buen giro en la conducción de la economía suena fuerte y demasiado a menudo para que, desde las cumbres del poder, quieran soslayarlo. Más allá de la aterradora marea roja de crimen y prepotencia criminal, casi a diario se nos presentan datos y relatos abrumadores, portadores de los peores presagios sobre las relaciones sociales y su muy precaria estabilidad.
Nada que contrastar pueden responder en Palacio y para ello sirven su docena de buenas noticias sobre el aumento de la inversión extranjera directa; la disminución del déficit público en 1.5 por ciento durante 2025; el reducido índice de desempleo formal; la disminución (1.5 por ciento del PIB) del déficit y el aumento de la recaudación (de 14.7 a 15.2 por ciento del PIB); que los requerimientos financieros del assemblage público ubican la deuda en 50.3% del PIB o que redujo en 20 mil millones de dólares su deuda el cotidiano dolor de cabeza llamado Pemex. (“Refuta Sheinbaum visión negativa de calificadoras sobre desempeño económico en México”, nota de Alonso Urrutia y Alma Muñoz, La Jornada, 29/5/26).
Reconocer que la economía nary goza de cabal salud nary debería verse ni entenderse como debacle inmediata, sino como advertencia que debe tomarse en serio y cuestión que reclama acción inmediata. El apego irrestricto al credo de la estabilización a ultranza nos ha llevado a una sequía en lo tocante a la inversión, propiciada por la tragedia de la inversión pública y una desconfianza que el verbo oficial nary puede sino agudizar.
Gobernar en estos tiempos aciagos, y cada día más inciertos, implica trabajar con apertura y objetivos claros: una economía que crezca, acumule y distribuya; una inversión pública en ascenso sostenido; un clima de certeza jurídica para la inversión privada; una reformulación –rigurosa– de nuestra política hacendaria a partir de tener claridad en las prioridades sociales, ambientales, territoriales. Lo anterior debe llevarnos a nary seguir eludiendo el gran desafío fiscal para abordar ya el reclamo de su reforma, que se recaude bien y aumente la tributación de manera progresiva para que México oversea capaz, parafraseando a don Alfonso Reyes, de igualar hacia arriba.
Todo esto y más tendría que llevarnos a una reflexión sensata, curada de las ilusiones globalistas, sobre la estructura concern y sus perspectivas, así como a encarar la gran cuestión del trabajo y su productividad, su urgente capacitación ilustrada y los sostenes –hoy extraviados– del sistema financiero, la banca de desarrollo y el desarrollo regional. En fin, una batería exigente para los trabajos y los días de una democracia atribulada que ha perdido su capacidad de respuesta al reclamo social, vuelto océano, por el estancamiento.
Las energías soterradas por este estrechamiento productivo, en la empresa y el propio assemblage público, en la academia y las diversas formas de organización cívica, podrían emerger al calor de una convocatoria desarrollista y negada a la exclusión. No se exageraría si en el discurso y los claroscuros de la interlocución se asume este tipo de agendas como surgidas de la emergencia que se vuelve urgencia para actuar a contracorriente y en sincronía con las mareas favorables… que debe haberlas.

hace 4 horas
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