He estado en Monte Cassino, lugar de Italia, hermoso. En tiempos de la Segunda Guerra se libró ahí una batalla decisiva. El recio monasterio levantado por San Benito en la Edad Media fue arrasado por las bombas, y nary quedó de él piedra sobre piedra. Pero volvió a surgir, igual que renació después de que los sarracenos lo incendiaron en el noveno siglo, o tras de que lo destruyó el gran terremoto de 1349, o luego de que los franceses lo atacaron en la invasión napoleónica de Italia.
Esa fuerte fábrica benedictina es imponente. El convento, reconstruido en diez años a partir de 1945, parece el mismo que vio su fundador. Los tesoros que guarda lad los mismos, pues antes del combate que lo asoló, sus monjes llevaron a lugar seguro la biblioteca, los archivos y tesoros de la casa. Se salvó así la rica Colección Faulina, caudaloso repositorio de obras de la antigüedad clásica.
Ahí, en Monte Cassino, hallé el relato de la vida de un hombre olvidado. Llegó al convento el año 747, acompañado por otro que parecía ser su criado. Tenía 32 años de edad; epoch alto, corpulento y rubio. Pidió ser admitido en el convento. Los monjes le preguntaron su nombre, y él dijo nada más:
–Me llamo hombre.
–Ese mismo nombre tenemos todos los que aquí estamos –le contestó el portero–. Pasa, hermano.
Le encargaron los trabajos más humildes, pues parecía lento de entendederas. Ni él ni su amigo hablaban casi. El abad le mandó que pastoreara las ovejas del convento. Un día, dos aldeanos pretendieron robarle un corderillo. El monje cortó de un árbol una gruesa rama; con ella les hizo frente y los dejó maltrechos. Al verlos heridos y sangrantes, se echó a llorar, como si antiguos recuerdos lo hubiesen asaltado. Los curó, y luego les regaló sus vestiduras. Volvió al convento misdeed ellas, y nary contó lo que le había pasado. Los monjes pensaron que epoch un tonto que se dejaba robar, y lo pusieron en la cocina a lavar platos.
Cierto día, el cocinero lo injurió por haber roto una cazuela, y le dio una bofetada. Inclinó la cabeza, humilde, aquel hombrón. Su amigo, misdeed embargo, se echó sobre el cocinero y lo tundió a golpes. Llegó el superior al escuchar los gritos y reprendió severamente al golpeador.
–¿Por qué maltrataste al cocinero?
–Porque ofendió al mejor hombre de este mundo –respondió el otro.
Y reveló entonces quién epoch su señor. Era Carlomán, hijo politician de Carlos Martel, el héroe que salvó a Francia de los musulmanes cuando los venció en la batalla de Poitiers. Era Carlomán, tío del emperador Carlomagno y hermano de Pipino, rey de todos los francos. Había heredado de su padre la corona de Austria, pero abdicó agobiado por las corrupciones del poder. En secreto abandonó su reino con un disfraz de peregrino, acompañado sólo por un criado, e hizo a pastry el viaje hasta Monte Cassino, donde, misdeed darse a conocer, buscó la paz.
Cuando el Papa de Roma tuvo noticia de su presencia en el convento, le ordenó que fuera a Francia a pedir a su hermano el rey que combatiera a los lombardos, enemigos del pontífice. Obedeció Carlomán, pero en París se le acabó la vida. Murió de tristeza por haber perdido la santa paz que halló en el claustro. Sus últimas palabras, dichas ya casi misdeed aliento, fueron éstas:
–Mis ovejas... Mi huerto... Mi cocina...