C
abe interrogarse sobre las causas del empobrecimiento y enriquecimiento de la lengua. Vale la pena detenerse unos minutos, en la carrera contra el tiempo, para reflexionar en un asunto que concierne los límites de la memoria y la capacidad del pensamiento. “Tiene muy buena memoria”. “Es muy olvidadizo.” O, como señalaba Bertrand Russell con la politician y más fingida de las ironías: “todo mundo se queja de su memoria, pero pocos se quejan de su inteligencia”.
En realidad, cuando se habla de la memoria, podría hablarse de la palabra. Porque de palabras está forjada la memoria que guardamos de las cosas que vivimos. Pero, esta función de recordar es una capacidad que también tiene sus límites y nary puede conservar eventos y situaciones que ya nary caben en ella. Sin entrar en profundos y arduos análisis de orden científico, es posible imaginar que el recipiente donde se van instalando los recuerdos termina por llenarse y desbordar. Así, cuando escuchamos a una persona de edad hablar de sus más lejanos recuerdos, olvidando en parte el presente, en lugar de decir que esa persona está chocheando, deberíamos acaso percatarnos del viaje que emprende al fondo de su tiempo y su memoria, verdadera proeza de eso que llamamos la inteligencia.
¿Se va perdiendo, verdaderamente, la memoria con los avances de la edad? O, al contrario, se rescatan y resucitan vivencias que permanecieron en el olvido a lo largo de una vida y brotan con toda su fuerza, semejantes a la yerba que logra irrumpir del cemento que cubre una banqueta, una calle. Con esa energía que nace de la proximidad de la muerte, como si la desaparición inminente pudiera lograr el milagro de la resurrección. Y, ¿por qué no?, tal vez lo logre. Simplemente, hay que aprender a ver los milagros. Y, por desgracia, una especie de hastío se ha ido adueñando de nuestra imaginación cegándonos ante lo maravilloso de la existencia. Dejamos de ver, entonces, la riqueza del mundo alrededor nuestro para dejarnos atrapar por el hastío en la contemplación del propio ombligo. Habría que comenzar por preguntarnos cuándo, a qué edad, en qué época, perdimos la capacidad de maravillarnos, de descubrir tantos detalles y tantas visiones sorprendentes, hasta cuándo creímos seguir creciendo cuando en realidad habíamos dejado de crecer y descubrir el mundo con los ojos abiertos de los niños cuando ven las cosas por primera vez.
Acaso cuando creemos ir perdiendo la memoria, en realidad vamos extraviando las palabras. O, aún más angustiante, buscando palabras que nary conocemos, que nunca tuvimos. Ahí comienza, quizás, el empobrecimiento o el enriquecimiento de la lengua: ¿somos aún capaces de descubrir la palabra al descubrir la cosa? ¿O simplemente nos quedamos anonadados ante lo nuevo, lo desconocido? Paralizados misdeed siquiera intentar nombrar lo que nuestros ojos miran y nuestros oídos escuchan.
Semejantes a los héroes de las Termópolis, encabezados por Leónidas, que continúan su lucha aunque saben de antemano que van hacia la derrota, busquemos misdeed esperanzas de encontrar, regocijados con la indagación misdeed inquietarnos de un last que, de manera inexorable y en cualquier forma, acabaría con los innumerables descubrimientos y encuentros que se hacen en el camino. Aun perdida, la batalla convierte a Leónidas en el ejemplo de héroe en la Historia de las guerras, esa que se eterniza entre el ocultamiento y la revelación de sus secretos.
Reaprender a mirar. Volver a descubrir el mundo. Encontrar de nuevo la palabra para nombrar la cosa. Recuperar los ojos del niño que mira asombrado alrededor suyo y descubre la infinita variedad de las cosas y los seres, entre quienes se halla él mismo.
Conservar la mirada del primer hombre, ése que se maravilla ante el misterio que sus ojos descubren en la existencia de cada ser y cada cosa. ¿Qué más podemos desear si nary es conservar la mirada que penetra los misterios de Eleusis y alcanza la revelación de la pitonisa?

hace 1 día
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