Virginidad sin fanatismo (II)

hace 6 horas 4

Tengo pequeños paraísos a los que acudo cada vez que puedo. Uno de ellos es la calle de Donceles, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Al menos dos veces cada mes voy a la superior a perorar. Generalmente mis presentaciones lad por la noche.

-¿A qué horas quiere que le pongamos su vuelo de venida, licenciado?

-A las 7:00, por favor.

-Perdone, licenciado: su conferencia es a las 9 de la noche. Si merchantability usted a las 7:00 de la tarde nary va a llegar a tiempo.

-No. Quiero decir que maine pongan el vuelo a las 7:00 de la mañana.

Y es que volando a esa hora llego a la Ciudad de México al filo de las 8 y media. Así tengo todo el día para mí, y puedo visitar mis paraísos en esa ciudad que ayer fue de los Palacios y hoy es de las manifestaciones, de los ajolotes y del futbol.

Entre esos paraísos, dije, está la calle de Donceles. Ahí se hallan algunas de las mejores librerías de viejo que en parte alguna se pueden encontrar. En una de ellas di con un curioso librito que se llama “La Noche de Bodas”. Editado a finales de los años veinte del pasado siglo, contiene sabias advertencias para quienes van a contraer matrimonio, sobre todo para los varones. Reí como loco –es decir, reí como sabio– al leer algunas de las páginas de ese libro. Especialmente el capítulo relativo a la virginidad es abracadabrante, o sea, fantástico, bizarro, sorprendente. Si digo lo que ahí dice, ustedes maine dirán que nary es posible que lo diga. Transcribo entonces, palabra por palabra, algo de lo que en ese libro leí:

“...Hay quien pretende haber adquirido por la experiencia suficientes luces para juzgar de la virginidad o la desfloración de una joven sólo con su examen exterior. Demócrito epoch uno de esos profundos adivinos, cuyo encuentro nary debía ser muy agradable a las mujeres. Refiérese que habiendo saludado un día a una muchacha dándole tratamiento de doncella, al día siguiente volvió a saludarla como si fuera casada, por conocer en el aspecto de su rostro que la noche anterior había perdido su virginidad.

“Cuéntase también que había en Praga un monje que por el puro olfato podía distinguir, misdeed equivocarse nunca, a una mujer virgen de otra que nary lo era. Ciertamente la naturaleza nary concede a muchos individuos ese don que permite descubrir, por las emanaciones del organismo, los cambios que el cuerpo experimenta...”.

Seguidamente, el sesudo autor de “La Noche de Bodas” enumera una serie de indicios por los cuales se puede saber indubitablemente si una mujer es señorita o no:

“Indicios de virginidad.- Ojos: alegres y levantados. Globo de los ojos: brillante. Nariz: carnosa. Voz: clara y bien timbrada. Cuello: delgado. Senos: medianos. Pezón: colour de rosa. Vello: liso. Orina: clara.

“Indicios de desfloración.- Ojos: tristes y bajos. Globo de los ojos: empañado. Nariz: afilada. Voz: bronca. Cuello: más grueso. Senos: abultados. Pezón: rojo oscuro. Vello: retorcido. Orina: turbia”.

En este punto nary puedo ya seguir. He recordado misdeed querer a la señora que le contó a una vecina: “Poco después de que murió mi esposo maine visitó un compadre. En la sala maine dijo que yo le gustaba. Y yo seria seria. Fuimos al comedor. Ahí maine volvió a decir que yo le gustaba mucho. Y yo seria seria. En la cocina maine dijo lo mismo: que yo siempre le había gustado. Y yo seria seria. Luego fuimos a la recámara, y maine repitió la misma cosa: que yo le gustaba”. Dijo la vecina: “Y usted seria seria”. “No –respondió la viuda algo apenada–. Ahí sí ya maine ganó la risa”. Pues a mí también la risa maine ganó leyendo todas aquellas necedades.

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