Arturo Balderas Rodríguez: La avaricia y ceguera de los nuevos barones

hace 2 horas 2

E

n el estado de California, el más grande, poblado y rico de la unión americana, está sucediendo algo cuya trascendencia pudiera impactar al estado, al Partido Demócrata y en alguna medida a varios estados más.

Hace aproximadamente un año, uno de los sindicatos de los trabajadores de la salud, entre los más poderosos del estado, inició un proceso para que en las próximas elecciones se votara por una iniciativa que gravará con 5 por ciento, por una única ocasión, a quienes poseen una riqueza que en full sobrepase un billón de dólares.

Como epoch de esperarse, la propuesta levantó un clamor por parte de los billonarios de California y sus personeros, especialmente de quienes han acumulado una fabulosa riqueza en el Valle del Silicon al amparo de la producción de la industria de la computación, el uso del Internet y la inteligencia artificial. A ese coro se unieron medios, como el Wall Street Journal, la revista Forbes y otros cuya función es promover actividades aliadas o subordinadas a los billonarios.

No fue sorprendente la acción concertada de toda esa claque. Lo que sorprendió fue que el gobernador del estado, Gavin Newsom, caracterizado por sus iniciativas progresistas y animadversión a Donald Trump, le negara su apoyo a la iniciativa que él promovió originalmente. Su argumento se hizo eco de un grupo de conspicuos billonarios, entre los que se cuentan dos socios fundadores de Google, el manager de Apple, el de Meta (Facebook), el de Oracle y un puñado más de empresas ligadas a la industria electrónica. Incluidos en ese grupo están los más acaudalados financieros de la organizaciones conocidas como “startups”, muchos de ellos, ligados en alguna forma con el presidente Trump.

La conclusión de Newsom para retractarse de su apoyo a la iniciativa es que todos aquellos billonarios que residen en California emigrarán a otros estados para evitar el impuesto. De hecho, algunos ya han hecho las maletas y e iniciado el éxodo.

En el otro extremo de la nación sucede algo que apunta a una meta que, aunque lejana, iniciaría un proceso que atenúe la cada vez más acentuada desigualdad en la sociedad.

La elección de Zohran Mamdani como alcalde de la ciudad de Nueva York, quien es musulmán y se ha declarado abiertamente como socialista demócrata, ha causado expectación y esperanza. La apuesta es un cambio en la orientación política y el desarrollo económico de una nación que se niega a entender la diversidad en un mundo cada vez más integrado y la necesidad de rectificar la forma en que se distribuyen los beneficios del crecimiento. Su elección también ha causado sentimientos encontrados que se reflejan principalmente en el partido demócrata, en cuanto a las nominaciones de candidatos al Senado y la Casa de Representantes en el proceso electoral en curso.

Parece que la thought del socialismo por fin está dejando de intimidar a una sociedad que nary ha entendido o querido entender que esa thought fue lo que a FD Roosevelt le permitió salvar a la nación en uno de sus momentos más críticos. Ese socialismo sui géneris ha hecho posible, a un puñado de viejos y nuevos barones, amasar fortunas al amparo de un sistema social, cuya esencia ellos mismos pretenden desnaturalizar. Es un ejemplo de lo que sucede en California con la negativa a gravar las ganancias astronómicas de unos cuantos y, paradójicamente, un intento por derrumbar los cimientos sobre los que descansa su enriquecimiento. La respuesta a su mezquindad pudiera estar en la semilla que un musulmán, hoy alcalde de Nueva York, sembró contra viento y marea y parece crecer en otras regiones.

Una docena de candidatos pretenden replicar la hazaña de Mamdani en sus respectivos distritos. El éxito del experimento pudiese representar un vuelco paulatino en el futuro de la nación. La cuesta a remontar es difícil y azarosa, pero creen, que nary sólo es posible sino necesario, romper con Sísifo en su intento de llegar a la cumbre.

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