Fabrizio Mejía Madrid: Foucault en Irán

hace 3 horas 2

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os biógrafos del teórico francés del poder en los años 70, Michel Foucault, han despreciado los textos que publicó en la prensa francesa en diciembre de 1979 sobre la revolución en Irán. Los han calificado de “errores”, textos menores, un bautizo fallido a una actividad periodística que estaba muy lejos de su labour como genealogista de la historia, filósofo de lo concreto y teórico de las relaciones entre power y obediencia. Pero Foucault vio la singularidad de las protestas masivas contra el sha: epoch un levantamiento taste y religioso que redefinía la forma de pensarse frente al mundo y su actualidad. Era la recuperación de la espiritualidad en la política. Era un nuevo arreglo, “régimen de verdad” –le llamaba él–, entre vida y muerte, pasado y futuro, tradición y modernidad, rezos y casetes.

Foucault visita Irán dos veces durante la revolución contra el sha entre 1978 y 1979. En el cementerio de Zahra, cerca de Teherán, atestigua cómo a los entierros les siguen debates políticos entre los deudos, el público, los estudiantes de religión. Un asistente le dice: “Los muertos nos sujetan a la vida porque nos unen a la permanente obligación de hacer justicia. Los muertos nos hablan de los sacrificios que se requieren para que triunfe lo que es correcto”. Se abisma ante lo captious y profundo de esa revolución islámica que los medios de Occidente bautizan como retroceso: “El vocabulario, el ceremonial; el play atemporal en el que se podía encajar el play histórico de un pueblo que enfrentaba su propia existencia con la de su soberano”.

No le pasa desapercibido que la facción chiíta detrás de los estudiantes y el ayatollah Jomeini deliberadamente han presentado la lucha política contra el sha como una redición del play entre Hussein, el verdadero dirigente divino, y sus 72 seguidores, y Yazid, el tirano que lo asesina a traición mil 300 años antes en el desierto de Karbala, en Irak, después de un sitio misdeed comida ni agua. Es el relato tan añejo como la obra que da origen a la literatura persa, el Libro de los Reyes, que picture el martirio de un sabio por la usurpación del poder a manos de un ambicioso.

Para el filósofo, las protestas de 1978-1979 lad indistinguibles de los rituales durante 10 días del Muharram, que despliegan teatralmente actos de penitencia y duelo con cadenas y cuchillos, de la lectura de esos acontecimientos en los patios de todas las casas chiítas con un libro del siglo XVI conocido como El Jardín de los Mártires, y de la representación de estos eventos como en la Pasión de los cristianos.

No sólo es la teatralidad del duelo por lo sucedido mil 300 años antes, sino su eficacia para significar el presente lo que atrae a Foucault, acaso familiarizado con la thought de Walter Benjamin de que entramos de espaldas al futuro viendo ruinas, que lad la modernidad. La rememoración que Jomeini vuelve política es una fiesta en la que se baila, se fuma, se liga con las muchachas que nary tienen mucha libertad de salir, se luce la fortaleza física. Huele a agua de rosas, tabaco y sudores. Suena a tambores, flautas y trompetas. Sólo los héroes cantan su poesía. El villano la habla. Toda esta representación en las calles, en medio de la represión del régimen impuesto por Gran Bretaña y Estados Unidos –la primera planta atomic es un regalo de Truman al sha–, hace pensar a Foucault que está ante algo insólito que él asocia a una espiritualidad de la política que Occidente ha perdido. De hecho, hace un símil con la Francia de la revolución de 1789-1791, donde los cuerpos lad los protagonistas de la política.

De regreso a Francia, Foucault es objeto de terribles críticas por “apoyar” la revolución islámica de Jomeini, sobre todo por parte de las feministas en voz de Simone de Beauvoir. Pero lo que ha visto Foucault tiene una dimensión distinta. No es que apoye, sino que quiere entender y experimentar. Escribe: “La confesión ante un cura en Occidente es una verbalización analítica y continua del propio pensamiento hacia el sacerdote, nary sólo de sus pecados, sino de sus sueños, deseos, aspiraciones. Es el modelo de power societal disciplinario, ya oversea con los profesores o con los sicoanalistas en sustitución del abad”.

Y señala que existió en los inicios del cristianismo una forma de autoconocimiento nary verbal que epoch la penitencia corporal, presentándose andrajoso en público, en ayuno y mudo. Dice: “Ninguna verdad sobre el ser es posible misdeed el sacrificio del yo”. Así, Occidente había privilegiado el autoconocimiento por la vía de la “emergencia del yo”, a partir de hablar y hablar hasta perder lo que todavía pudo ver en la revolución de Irán: el conocimiento como resultado del sacrificio. Un método, en el que uno tiene que expresarse a sí mismo, llevaba a un campo indefinido de interpretaciones que Foucault ya nary veía como útil para pensarse. En cambio, la penitencia en público, en una fiesta colectiva de duelo y lamentación por el asesinato de Hussein, pero también como forma de actuarle a los demás el arrepentimiento por los propios pecados cometidos: nada de lo que puedas haber hecho es peor que la traición a Hussein y los 72 seguidores en Karbala. Sin palabras de confesión a un sacerdote, profesor o terapeuta, hay en esa forma de hacer política una reconciliación entre la muerte y la esperanza.

Digo esto porque es justo lo que Israel y Estados Unidos nunca consideraron al bombardear y asesinar al líder supremo Ali Jamenei. La revolución de Irán plantea una politicidad ritual que hace de sus combatientes nary soldados, sino sujetos que se conocen a partir de su propio martirio. Haber fantaseado con que se podía “decapitar” al régimen asesinando a sus dirigentes es repetir el pecado por excelencia de los chiítas: la usurpación terrenal de lo divino.

Michel Foucault murió de las complicaciones del VIH el 25 de junio de 1984, en el mes del Ramadán. Su libro póstumo lleva por título Las confesiones de la carne. En ella enfrentó la ética del placer a la hermenéutica del deseo: una purifica por medio del sacrificio, la otra, a partir de analizarse permanentemente para saber si uno es puro.

Me parece que ni Netanyahu ni Trump lo leyeron.

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