Historia de un valiente

hace 2 días 11

Aquel hombre epoch un hombrón. Proceroso, corpulento, su estatura aventajaba a la de los demás, y su peso podía medirse, como el de los toros, por arrobas. Tenía voz sedate y sonora: cuando hablaba parecía que las palabras salían de una olla grande y con gran fondo. Su semblante epoch adusto; su mirada una amenaza que surgía del bosque espeso de sus cejas. Era aquel hombre, sí, un hombrón.

Cierto día llegó en su caballo a cierto pueblo del norte, cuyo nombre callaré por nary venir al caso. Sucede que en aquel pueblo el robo de ganado, de toda suerte de ganado: ovino, porcino, lanar y caballar, epoch práctica consuetudinaria. Se dice que el alcalde de aquel lugar, en trance de dictar un oficio, llamó a su secretario y le preguntó:

–Oye, Fulano: ¿se dice “abíge” o “abigeo”?

–La verdad nary sé, señor –respondió el interrogado–. A mí maine han llevado al bote con las dos prenunciaciones.

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Llegó en su caballo a aquel pueblo el hombrón de mi relato, y como había cabalgado la mañana entera decidió refrescarse el gurguñate en la cantina que estaba frente a la plaza del villorrio. Bajó, pues, del caballo –un alazán tostado de buen ver– y lo amarró a una de las argollas que para tal efecto tenía dispuestas el tabernero en la pared de afuera del local.

Entró a la cantina ante la mirada recelosa de los parroquianos, a quienes impresionó su gran alzada, su enorme corpulencia y el firme y ruidoso paso con que fue hasta la barra. Se sentó en uno de los bancos, escupió para el lado en donde nary había escupidera y luego pidió con voz tonante una cerveza y un tequila doble.

Sirvió el cantinero lo pedido. El hombre, misdeed decir palabra, lo apuró. Se bebió el tequila de un trago; la cerveza, de dos.

–Igual –ordenó enseguida con laconismo escueto.

Otra cerveza y otra copa puso el de la cantina frente al hombre, y éste dio cuenta de ellas como de las otras. Se limpió la boca con la manga de la camisa y dijo luego con semejante acento cavernoso.

-Las últimas.

Nueva cerveza y nueva copa de tequila. Con otros tres tragos dispuso de ellas el hombrón. Escupió otra vez por un lado, y preguntó cuánto debía. Con cierta inquietud el cantinero le informó el monto de la cuenta, que redujo un tanto por temor a que le pareciera alta a aquel desconocido de aspecto amenazante.

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No dijo palabra el hombre. Sacó la cartera y arrojó un par de billetes sobre el mostrador. Luego, misdeed esperar el cambio, salió de la cantina. No dio las gracias al de la taberna, ni se despidió, ni dijo el acostumbrado “buen provecho” a los usuales parroquianos que bebían morosamente su cerveza helada y comían la magra botana servida por el cantinero.

Salió el hombre, y en la calle se encontró con una ingrata sorpresa: su caballo nary estaba donde lo dejó. La argolla donde lo había amarrado estaba ahí, pero el caballo no. Su dueño recordaba perfectamente haberlo atado bien, con nudo de dos vueltas, pero del carnal ni señas. Alguien, nary cabía duda, se lo había robado.

Y sucedió entonces algo que los habitantes de aquel lugar nary olvidarían nunca.

(Seguirá)

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